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EL ENCUENTRO

Cada uno había escuchado hablar del otro desde lejos en la distancia y en el tiempo.

Gil Gonzalez Dávila, El Capitán español a cargo de la expedición, conocía de un poderoso Cacique cuya tribu se extendía en la lontananza, como monarca de enormes extensiones de tierra que iban desde el territorio de Nicoya en lo que hoy conocemos como el norte de Costa Rica, hasta sitios que abarcaban casi toda la franja del Pacífico de lo que hoy se conoce como Nicaragua.

Aseguraban, que el cacique llenaba por nombre también ese: Niqueragua, Nicaragua o simplemente Nicarao, algo más eufònico. Pero todo apunta a que su nombre real era Macuilmiquiztli que significaba “cinco muertes”. Esto ponía nervioso al capitán español, quien contaba con solo cien hombres, cuatro caballos, un sacerdote y el apertrechamiento de rigor del soldado consistente en espadas de doble filo, algunos con arcabuces , ballestas, lanzas de largo alcance y puntas de metal templado.

-“Bien armados, pero muy pocos” – pensaba Gil Gonzalez, presa del horrendo calor que se filtraba como un horno a través de las armaduras en su abrupto caminar por la selva.

Macuimiquiztli en cambio, iba camino a recibirle, se dice que con aproximadamente diez mil hombres. El era un gran líder y poderoso guerrero, cabeza rapada en señal de ello según las tradiciones de los indígenas de toda la zona y de los Niquiranos o nicaraguas en particular.

Pero la llegada de esos hombres con pelo en la cara, montados sobre enormes bestias y vestidos de manera extraña y reluciente, según lo comentado por sus exploradores, se asemejaba a las leyendas de sus antepasados que mencionaban justamente el arribo de estos hombres, de una descripción similar y que por demás, los iban a someter a ellos a sus costumbres y religión.

El cacique que era hombre de guerra, pero también era hombre sabio, de mucha formación en diversas disciplinas como astronomía, biología, religión y otras que había venido adquiriendo en su instrucción como cacique designado a ocupar el mando, desde niño, estaba actuando como tal, como sabio y estratega militar.

La fuerza, sí, pero para dialogar y llegar a un entendimiento de Paz para ambos bandos.

Respetuoso y receloso de los principios de su sociedad teocrática, sabía que necesitaba conocer al visitante y evaluarlo personalmente. También debía auscultar si eran estos mismos los de la leyenda y si sus dioses aprobaban su sometimiento o no.

El español, tampoco pensaba en guerra si no era necesario.Todo se sabría en unos minutos. El encuentro estaba cerca.

***

A través de la historia y de los siglos, los cronistas e historiadores han contado mucho. Sabemos incluso que a través de intérpretes el Encuentro fue pacifico y productivo para ambas partes. El español, no entró en guerra pasmado por la sabiduría encerrada en las preguntas que sobre diversos temas complejos realizó el cacique y que Gil Gonzalez contestó como pudo atribuyéndolas a la divinidad de Dios.

El cacique, notó por su parte, el desmedido interés de aquellos hombres en El Oro.

Aceptó someterse a su religión y sus leyes pacíficamente, aprovechando para conocerlos más y si era necesario-como lo fue- hacerles la guerra.

Sí, más al norte otro cacique con otra visión de las cosas, Diriangén de los Chorotegas, atacó frontal y beligerantemente a las tropas españolas con enormes bajas indígenas dada la superioridad técnico-militar y experiencia organizativa de casi siete siglos de batallas contra los moros por parte del ejército español.(Historia militar de Nicaragua. Ejército Nacional)

Gil Gonzalez tuvo que huir rápidamente ante las oleadas y embestidas indígenas que parecían no reparar en sus muertos y heridos, pese a las escasas bajas que mostraban los españoles.

Saliendo del territorio, fueron atacados por los niquiranos. Aquello se tornó muy hostil y complejo y ante una derrota real inminente, se vieron obligados a embarcarse alejándose de aquel sitio.

El Encuentro, que pudiera haber resultado bajo control de ambas partes, se había salido de orden.

Con el tiempo, veinte y siete años que duró el sometimiento de Nicaragua, solo quedaron alrededor de diez mil indígenas de cerca un total de un millón estimado a inicios de la conquista existentes en el territorio.(Dr Jaime Incer)

Pero El Encuentro continuó. Nos mezclamos unos con otros. De las culturas mezcladas nació otra particular.

Raza amerindia sencilla, alegre, humilde pero que no deja de ser misteriosa, altiva y guerrera, cuando es necesario…

Sucedió hace cuatrocientos noventa y cinco veranos.

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